La cara fea de Brasil

Nunca escribo en las ciudades que vivo, no sé bien por qué, pero al final estás menos atenta para las fotos, los sitios turísticos, y hablando de Brasil, en mi caso, mucho más pendiente de la familia. Fue un viaje sin pinta de viaje, comidas interminables con los míos, playa y relax. Nada que ver con los viajes mochileros y frenéticos que me gustan.

Cuando vivía en Brasil yo no me sentía prisionera, iba a todos lados, con las restricciones de horarios, con restricciones de locales, pero pocos. Me metía en la fiesta de la favela y pagaba 1kg de alimento para entrar sin temer por mi móvil o por mi dinero porque yo no tenía ni uno, ni otro, ni siquiera tenía tarjeta de crédito. Pero esta última vez yo temí. Por el móvil, por el portátil, por la tablet, por el dinero, por la cámara y por la violencia que podría sufrir por ello. Ni era tanto por el aparato en si, que también, sino por cómo me lo iban a quitar.

Veo los blogs y fotos de la gente que viaja por Sudamérica y no puedo dejar de preguntarme ¿cómo sacan las fotos? Matilda, la réflex, no vio la luz en Brasil. Es una cámara muy golosa, decían. Se quedó en casa todos los días. Rupi, la Gopro, fue a todas las actividades en la playa, pero no sirve para nada por la noche – una GoPro, no sustituye una réflex, cumple otra función.

El móvil, un iphone 4 con la pantalla rota que deja mucho a desear, nos acompañó casi todo viaje, hasta que lo robaron y adiós a casi todas las fotos.

No nos atrevimos a usar el transporte público y la única forma de locomoverse es en taxis y que previamente lo hayas llamado por teléfono, muy importante.

Odio contar esto sobre mi país, pero: yo no me atrevería a ser mochilero allí. Y siendo mujer y sola muchísimo menos. Si eres de los que has pensado: “Es simple, no llevo nada de valor” y entonces te roban la mochila, el zapato, la camiseta y, por qué no, el pantalón, dejándote en calzoncillos en algún lugar del paraíso. Pero no, no os preocupéis, porque Dios es brasileño.

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