La primera amenaza: ¿las piernas o la mente? – El Camino de Santiago

Quien ha hecho deporte conoce el ciclo de progreso. Los primeros días de entrenamiento son siempre muy duros, pero con un poco de “suerte de principiante”. Esta “suerte” se traduce en la sorpresa de que te salga bien un saque, por ejemplo.

Las primeras semanas se nota un progreso constante y muy grande, de la 1º semana a la 3º hay una diferencia brutal. Al mes te sientes más fuerte y resistente, pero llega un momento que este progreso estanca.

El parón de mejora es desesperante. Incluso tienes la impresión de que empeoras. Eso me pasó en todos los deportes que competí, pero se me había olvidado que existía y ahora a 3 semanas del Camino, me está volviendo loca. Es cuando empiezas a pensar que no eres capaz y lo haces todavía peor.

Empecé a entrenar con la bici estática por 40 minutos. Sudaba a gota gorda que resbalaba por encima de la nariz y caía al suelo, sentía como goteaba el sudor desde mi pelo. Poco a poco fui subiendo el peso – la dificultad, 1 numero por semana y el tiempo: hasta 1h y 30 minutos, ya no sufro ni sudo como antes.

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Pero el bajón moral, no llegó hasta el finde pasado que fui a acampar en Madrigal de la Vera con un amigo. Llevamos las bicis y hicimos una media de 25km por día. El primer día, subimos un puerto de 15km que pensé que no sería capaz de hacerlo. La cuesta no terminaba nunca, después de la curva no había una bajada sino más cuesta. Marcha 1, plato 1. Pedalea, pedalea, pedalea. Si no tuviera intención de hacer el Camino de Santiago daría media vuelta. Estoy orgullosa de haber subido mi primer puerto, pero preocupada con mi desempeño.

El día siguiente no me dolían las piernas, ni el culo, ni las manos, pero tenía un dolor raro detrás de la rodilla izquierda que me tiene mosqueada. Fuimos a otros dos pueblos, cuesta arriba y ya me sentía bastante más cómoda con la idea de subir; incluso hicimos 10km en menos de 1 hora con paradas para fotos incluida, pero terminé el finde cansada. El lunes, entrenar se me hizo más cuesta arriba que el puerto. Sentía todos los músculos de mi pierna y la verdad es que me vine un poco abajo.

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¿Seré capaz de hacer el camino completo? ¿Qué pasará si no lo consigo? ¿Demasiado frustrante? Mi padre fue más dramático y preguntó ¿y si no puedo más y todavía quedan 10km para el próximo albergue? Cuando supo que iba sola, casi le da un patatús. ¿Y se me caigo y no pasa nadie para ayudarme?

Cuanto a caerme, ya tengo callo, me pegué 2 buenas hostias no hace mucho, una en el Retiro que casi me quedo sin una falange del dedo, se me rompió el pantalón y hice una pupa que cualquier niño de 10 años estaría orgulloso; y la última salté el guardaraíl, caí en posición fetal y milagrosamente solo tuve un moratón de un palmo en la pierna. Hay que rezar para no caerse y tener más cuidado, claro, las dos caídas fueron por tonta.

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Bueno, los “si”s no existen, hay que probar. Los tengo en cuenta, pero por ahora tengo 3 semanas para entrenar, volver a progresar aunque con menos intensidad que a principio y decidir si debo:

  1. Hacer menos kilómetros en el mismo periodo de tiempo
  2. Hacer una parte del camino y dejar otra parte para otro año, como hacen muchos.
  3. Intentar hacerlo completo y si no puedo coger un autobús a la playa y hacer la croqueta “agustamente”.

A todo eso me pregunto si el bache que estoy pasando es por las piernas o por la mente… ¿me da miedo el Camino y lo achaco a las piernas? ¿o es un cúmulo de las dos cosas? ¿qué porcentaje se debe a cada uno? mientras lo pienso subo el tiempo de entrenamiento y decido que tengo que volver a sudar.

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