La Manga en vela

De niña mi abuelo me llevaba a hacer windsurf en la playa de Olinda en el nordeste de Brasil. Pero cuando quiso enseñarme yo era una mocosa-mosquito, delgada como un palillo y saltarina como un grillo, por más que pusiera todo mi empeño en subir aquella vela enoooorme, era imposible, ni siquiera se movía.

Venga – me decía – más fuerza, pon todo el peso del cuerpo hacia atrás… – mi cuerpo grillo no tenía fuerza ni peso, la vela no hacía ni caso. Entonces él me la medio levantaba desde el agua, pero cuanto la soltaba la vela y yo: al agua.

No se daba por vencido y me paseaba sentada en la parte trasera de la tabla o dejaba que manejara un poco la vela estorbándole y disfrutando como la enana que era. Me encantaba caerme una y otra vez de la tabla lo que me provocaba risas descontroladas y mi abuelo fingía enfado por tener que tirar la vela para que yo no me quedara muy atrás.  Mi risa era demasiado contagiosa como para que se mantuviera serio, siempre terminaba riéndose.

Windsurf era una memoria dulce que alguna vez venía a mi cabeza como algo que debería probar. Ahora seguro que levanto cualquier vela – oye, como digáis que es por el peso os dejo de hablar.

El año pasado, paseando por La Manga, vi un mar de velas de colores y pensé que este era el sitio ideal para aprender. Poca profundidad y agua tibia para caer y levantarse cuantas veces hiciera falta. 😉

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Los viajes en grupo no suelen tener mucho que contar más allá de las cervezas que te has tomado en la barbacoa, ya sabéis, un grupo es siempre más difícil de mover al menos que salgas con todo organizado. Señores, éramos 8 amigos y fue uno de los viajes en grupo más divertidos que he hecho. Parece que me había contagiado la risa de la niña que hacía windsurf con su abuelo. Tuve más agujetas en las mejillas que en los brazos.

¿Qué hace falta para hacer windsurf?

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LA ROPA: ropa de baño y protector solar – en dos horas me tosté (literalmente). Para los frioleros un neopreno, que el agua estaba fresquita. Zapatillas de agua – no es imprescindible, pero viene bien para equilibrarse y por las posibles caídas.

LA VELA: te enseñan a colocar y a levantar la vela (mucho más pequeña y manejable que la de mi abuelo).

LA TABLA: es bastante más grande y más pesada que la de surf. Hacen falta dos personas para transportarla.

LA ORZA: eso va justo en el medio de la tabla, sirve para evitar que la tabla se mueva lateralmente. Si no la tienes puesta no tienes control de la tabla. La mia se levantó por tocar el suelo y no hubo manera de conducir la tabla para el lado deseado, hasta que el monitor me avisó que la tenía que empujar hacia abajo. Impresionantemente fue colocarlo y ya manejas la tabla perfectamente.

EL VIENTO: aunque parece muy obvio por donde va el viento no lo es. La parte más difícil del windsurf no es el equilibrio sino dirigirte adonde quieres. Yo tuve problemas para volver a la orilla y después de media hora dando vueltas me tuvo que “rescatar” el profesor: había que tirar hacia el lado contrario, dar la vuelta donde el viento hace la curva y volver en diagonal.  Yo que estaba empeñada en entrar en contra del viento, podría estar ahí horas. La verdad es que hasta ahora me cuesta entender como se calcula hasta donde hay que ir al revés, para que luego des con el destino que quieres.

¡Con todo a bordo, a subir la vela y a navegar!

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Dale una vuelta a tu destino:

Bueno, a lo que vamos. En la Manga hay mucha oferta de windsurf, los precios varían bastante, obviamente cuantas más horas de clase más barato la hora. Conseguimos un descuento muy majo, 50€ para 2 días, 4 horas.

Varias escuelas de vela: http://lamangawind.com/escuelasdevela.html

VELA GALÁN: la escuela que hemos elegido tenían los mejores precios, los monitores son los dueños y muy majetes.

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