NOT FOR BEGINNERS – United States of America– Portland, Oregon

Hace más de 10 años tuve más de una experiencia scary en la montaña y una especialmente memorable. Por entonces tenía 16 añitos y era una Exchange Student en Portland – Oregon. La organización del programa de estudiantes extranjeros preparó una escapada increíble en casas de madera en medio de pinos kilométricos rodeados de nieve hasta que acababa la vista. La primera precaución “No os alejéis hasta perder las casas de vista, perderse aquí puede significar la muerte.” Muy cuidadosa con esta advertencia no imaginé que me podría pasar en la montaña. Éramos todo emoción, 40 teenargers  llenos de hormonas, 3 días de snowboarding y una hot tube a aire libre. Un sueño americano.

exchange_students_us

Entre franceses, rusos, brasileños, búlgaros, españoles y un largo etc nos fuimos a esquiar y hacer snow. El grupo de los tropicales, claro, no tenía ni idea. La pista de principiantes tenía una mini barrera de nieve para “frenar” los ineptos y ahí era donde yo terminaba siempre. Como en los dibujos animados. PLOF!

No saber frenar era una desventaja importante y por más que fuera gritando “CUIDADOOOOOOOOO” iba a toda leche y atropellé una enana de unos 6 años que voló por en cima de mi cabeza. Literalmente. Pero ahí no esttaba el drama, los niños son de goma y se recuperan en seguida, el problema vino cuando finalmente aprendí a frenar. ¡Sí señor!

snowboarding_usEn el 3º día de snow con moratones en partes inimaginables yo ya me sentía mucho más segura porque podía ir frenando. Probé pistas más arriesgadas sin una sola caída. Hasta que el francés del grupo, que esquiaba desde antes de andar (jeje), nos sugirió que bajáramos una pista negra.

Para quien no lo sabe, las pistas tienen colores según su grado de dificultad y negro era el más avanzado. Yo tuve un poco de miedo, pero me apunté. Pensé ir frenando todo el camino y fue lo que hice hasta que….

Uno de los brasileños que iba justo delante de mí dijo “por ahí yo no voy” “no te preocupes, hombre solo tienes que ir frenando” “¡qué no! eso es el abismo no sé ve donde termina”. Me acerqué a él y comprobé que no se veía nada más que la infinidad.

Él se quito el ski y se tiró de culo gritando. Su cabeza desapareció en el segundo uno y su grito se desvaneció como el chiste “Mamá, que Pablito está tirando las cosas por la ventaaaaaaaaaanaaaaaaa”. Me entró el pánico. Lo peor que se le puede ocurrir a uno en cualquier situación. Clavé las manos en la nieve, me arrasté hasta salir un poco del desnivel, quité la tabla y me puse a caminar hacia arriba. Estaba decididísima, yo subiría andando hasta el telesilla durara lo que durara el camino.

Me gran suerte, es que tenía el telesilla justo arriba de mi cabeza y la gente empezó a gritarme al verme subir caminando. Una buena alma preguntó Do you need help? Yes pleeeeease. Vino con su hija que no alcanzaba los 10 años, que cogió me tabla y disparó hacia abajo. Él me quería ayudar a bajar y yo me negaba rotundamente, ¡iba a subir andando!

Finalmente me hizo entrar en razón, estaba lejísimos del telesilla, no llegaría nunca. No me acordaba de lo empinada que eran las cuestas que había bajado. El plan era el siguiente: él estaría a 3 metros de mí. Yo me dejaría caer y él me sujetaría. Así all the way down. Buah. No tenía elección, cada vez que me sujetaba caíamos los dos juntos de 20 a 30 metros montaña abajo acompañados de los gritos más verdaderos y fuertes que he soltado en mi vida. Poco a poco la pendiente se fue haciendo más leve y me fui acostumbrando a caer cuesta abajo. Al ponerme de pie me temblaba hasta el alma. No sabia como agradecerle. Mi héroe americano. Nunca me olvidaré.

Dale una vuelta a tu destino:

Moraleja, si no tenéis ni idea, mejor no probar las pistas negras 😉

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