Que te bañen como a un perro – EL HAMMAM – FEZ III – Marruecos

La verdad es que tengo la duda si bañar a un perro es lo suficiente representativo o mejor seria decir un caballo. Como dudo que la mayoría de vosotros haya bañado un caballo, lo dejo en un perro. Pero si imagináis uno grande mejor.

El caso es que el guía nos dejó en el Riad Verus que habíamos reservado. Es bonito, lo lleva una inglesa que se casó con un marroquí y por alguna razón habla tropocientos idiomas. Muy maja, pero los precios un poco ingleses.

Estábamos A-G-O-T-A-D-A-S y mientras hacíamos el check in vimos un papelito de impresora en la pared entre otros miles, hammam: 100 Dihans. Mi amiga me miró con ojos de súplica… vale, pues de tó habrá que probar. “Es muy tradicional… os acompañará el chico, tenéis que comprar jabón negro de aceite, una escoba para peinar perros y un guante (que puede tener colores variados pero es más áspero que el estropajo de fregar platos – la parte verde para ser más específicos)”

Se juntaron 4 australianas que también estaban en el Riad, muy majas “Hi, what´s your name? How are you doing? Where are you guys going? Blablabla.”

En 15 minutos estábamos todas en bragas. Así, sin más contemplaciones.

Yo pensaba haber triunfado con mi bikini, pero grave error. Entramos en un sitio que era grande como un salón pero todo de azulejo viejo. Había humo del agua caliente y mujeres de todos tipos, delgadas, gordas, muy gordas, tetas arriba, tetas caídas y órganos parecidos a tetas pero que colgaban hasta la tripa. Todas sentadas en el suelo o en una banqueta de plástico con un cubo de agua que rellenaban constantemente 2 mujeres desnudas. Una de ellas se empecinó que yo no podía llevar el sujetador. Me dijo cualquier cosa en voz alta, se acercó, movió sus tetas y me tiró del sujetador. La comunicación no verbal de mi parte, no le sirvió de nada, la cabeza de un lado a otro y sujetar mi bikini, incluso ensañé un Lah. Le ha dado igual, quitó mi sujetador bajo la mirada de por lo menos 30 tías en bragas, mientras se frotaban el sobaco como si estuviesen en el baño de sus casas sin testigos.

Pero la peor parte, llegó cuando me llamó a otro “salón de azulejos”, me hizo sentar en el suelo y a 4 manos, frotaron mi alma con los dichos guantes. Me entró un poco la risa del daño que me estaban haciendo, venga espalda, venga brazo, piernas tripa, tetas. Sí, tetas. Por lo menos ahorran el guante en esta parte, pero lo tratan como se fuera un trozo más de tu brazo. Dios mío. Paran. Ufff, ni siquiera tuve tiempo de recuperarme y me han medio ahogado con un cubo entero de agua en la cabeza. ¿DÓNDE ESTÁ LA PAJITA PARA QUE RESPIRE MIENTRAS? Cogí aire y quise levantarme. Lah, lah. ¿No se acabó? Shampoo, mucho shampoo, ahí viene el sentido de la escoba para peinar a perros. ¡Era para mi pelo! Me lo lavó y peinó como se fuera uno y cuando hubo una breve pausa en el zarandeo debí acordarme de coger aire, pero no me ha dado tiempo. ¡Cubo!

Quise levantarme una vez más y sacudirme como los peros, pero LAH. Todavía quedaba un masaje, que era una autentica paliza de dos mujeres en bragas contra mí persona y un par de cubos ahogantes hasta mi liberación.

En resumen: una tortura marroquí.

Dale una vuelta a tu destino:

Hammam tradicional: 100 Dihans. Dura lo que tarden en frotarte, creedme es tiempo suficiente. De todo hay que probar una vez en la vida. Me han contado experiencias menos drásticas. También están los hammans tipo spa, bastante más caros, pero seguramente más relajante, según mi punto de vista. A una de las australianas le encantó, dijo que nunca estuvo tan limpia en su vida.

Por lo que nos han contado los guías el hammam es algo tradicional en Marruecos, van más o menos una vez por semana aunque tengan ducha en sus propias casas, pero yo sigo teniendo serias dudas sobre si el público del hammam que fuimos tenía ducha en casa.

Cenamos en el Riad y conocimos además de las 4 australianas (ya íntimas amigas después del hammam), otra australiana vienteañera que viajaba solita, un chico también australiano que compartía habitación con nosotras y paseaba en calzoncillos, un chino que hablaba japonés, inglés y español y que intentó y casi logró hacer con que fuéramos a Chefchaouen; un par de españoles que nos contó sus aventuras con un chico llavero que iba con ellos a todas partes… estábamos tan cansadas… y no teníamos ni idea de lo íbamos a hacer el día siguiente. Nos entró la risa tonta.

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